LA FUERZA DEL AMOR VERDADERO

La fuerza del amor verdadero

LA FUERZA DEL AMOR VERDADERO

En la Costa Blanca, en la Comarca de la Marina Baja, existe un pequeño pueblo costero, donde la vida transcurre, bajo el influjo de los recuerdos, de su barrio marinero. Quedándote ensimismado, con las historias que los viejos del lugar, aún recuerdan. Cada uno de sus rincones, irradia un estado de plena armonía, felicidad y amor. La brisa y el sonido del mar, adormece el alma, en una absoluta tranquilidad.

Tiene un precioso mirador, donde cada día, se reúnen familias y grupos de amigos, curiosos turistas y distraídos coterráneos para disfrutar en completa tranquilidad, viendo el vuelo de las gaviotas surcando el azulado arco celestial, mientras los barcos pesqueros se alejan, dejando su estela sobre las aguas cristalinas y mansas, a la espera de su regreso. Dejando en su memoria la impronta de unos entrañables momentos familiares. Seductores de solo contemplarlos, de palpar la paz de cerca, y poder convocar instantes de absoluta felicidad, que te hacen de nuevo, renacer cada día.

Hasta allí, se acercaba diariamente un perro callejero, sucio y feo. Que intentaba pasar desapercibido, abordando los amplios vagones de silencio que naturalmente formaban parte de aquel espacio, observando los juegos de las familias y absorbiendo las risas, ensimismado, como presa de una perturbación de otro orden, de otro contexto. Pasaba horas, en aquel extremo diariamente echado al piso, jadeante e imperturbable. Reflejando su mirada, la felicidad que antaño sin duda, disfrutó.

Aunque, intentaba apenas ser visto, quizás, por entender que su presencia, resultase incómoda, (ese instinto supra desarrollado de los perros que los humanos solemos confundir con inteligencia) ese pequeño rato que allí permanecía, resultaba ser para él, lo único que le mantiene aún con vida.

La gente, no había pasado por alto su presencia. A medida que pasaban los días, muchos se preguntaban, como hacer para impedir que aquel perro, tan sucio y feo que cada día permanecía en silencio y sin molestar, en una esquina del lugar, dejase de ir. Ya que para algunos, les resultaba incómoda su apariencia.

El perro, de alguna manera, se percató de que había un rechazo, una manifestación de intolerancia, más allá de los límites de la indiferencia, en la actitud generalizada por aquellas personas que frecuentaban el lugar o bien, ejercían actividades en aquellas inmediaciones. Por lo que, paulatinamente y no sin sentir pena en su interior, dejó de ir.

Pasado unos días, la gente, al no ver más al perro, se extrañaron mucho al principio, como quien añora un mal necesario; pero al poco tiempo, ya apenas se acordaban de aquella bola de pelos melindrosa y desaseada que trajinaba silenciosamente sobre el pavimento, para ir a detenerse siempre, en una de las esquinas del lugar.

Excepto una pequeña, que al igual que hacía el perro, cada día acudía a aquel mirador, después de su quehaceres escolares y bajo la venia de una maternidad o tutoría poco celosa y detallista. Aunque, ella lo pasaba observando y ensimismada, como el perro parecía disfrutar, de forma melancólica, con sólo observar el clima fraterno de juegos familiares y de sana convivencia, que los concurrentes al mirador expedían con caras risueñas y actitudes amistosas, cosa extraña en el seno de su precario hogar y que tanto añoraba.

Al tercer día de ausencia, del canino, sintió los síntomas precoces de la preocupación, sintió sus pequeños pies caminando por una estrecha vereda que antes no había transitado, el camino de la angustia, se armó de valor y decidió ir en busca del perro. Se había fijado, como cada día, el perro hacía el mismo recorrido y que sin duda alguna, —imaginaba— debía de llevarle a donde él, seguramente vivía.

Sin pensárselo demasiado y sin tener tampoco en cuenta, que los padres o quien ejerciera la función de cuidarla la castigarían por irse sin su permiso, comenzó a buscarlo. No hizo falta andar mucho, para encontrarlo cobijado, bajo lo que parecía ser, las ruinas de algún antiguo edificio.

La pequeña, se fue acercando muy lentamente, procurando no asustarlo y también, por miedo de que el perro, se marchara. Cuando ya se encontraba bastante cerca, el perro se giró y se la quedó mirando. Con un gesto de comprensión y solidaridad, como si conociera de antemano a que vino, movió la cola con cierto esfuerzo y entre dientes y lengua dejo entreabierta una mueca que la niña percibió, como una sonrisa perruna y que a la pequeña, le emocionó. El perro, como quien asume su realidad por dolorosa que esta sea, volvió a girar la cabeza, dando varios lametazos, a una perrita que se encontraba hecha un ovillo, en un rincón.

Sin duda alguna, la perrita se encontraba en etapa de una enfermedad terminal. Apenas, parecía quedarle tan sólo unos pocos minutos de vida. El perro, permanecía junto a ella, dándole de vez en cuando, pequeños lametones de amor, cada vez que la perrita, se quejaba de dolor o daba muestras de alguna necesidad de movimiento.

La pequeña, se sentó junto al perro en silencio y sin querer molestar demasiado. Al poco tiempo, la perrita exhaló su último aliento. En ese momento, el perro se tumbó junto a ella, emitiendo pequeños gemidos, que entre las ráfagas de viento que interrumpían el silencio, se sentían desgarradores, como el más conmovedor de los lamentos, como un llanto en otras tonalidades, incomprensibles a nuestras arbitrarias pretensiones de seres pensantes y creyentes.

Tras un rato, éste se incorporó y mordiendo delicadamente el cuello de la perrita, como hacen las madres con sus cachorros, la arrastró poco a poco, hasta desaparecer tras una de las esquinas de aquellas ruinas.

La niña sintió una tempestad en el laberinto de sus emociones, un derrumbe con epicentro en su inocencia, un deslave que la arrastraba a la profundidad del abismo de la tristeza. Lloró, como se llora a un difunto cercano, congelada ante su imposibilidad de recursos y abismada por el efecto perturbador de los hechos, tras un rato, apareció de nuevo y se fue acercando muy despacio, hasta donde aún permanecía la pequeña. Cuando, apenas restaban por llegar a ella, escasos metros, se paró y se tumbo mirándola. Poco a poco, también él, fue adquiriendo la misma postura, que había mantenido antes la perrita que estaba junto a él.

De repente, la pequeña sintió un fuerte deseo de acercarse a él y acariciarlo. Así, que se levantó y se sentó a su vera. En ese momento, el perro cerró los ojos y acomodó su cabeza, en las piernas de la pequeña. Ésta, comenzó a acariciarlo muy suavemente y con delicadeza. Hasta que poco a poco, fue sintiendo como la vida, se le escapaba.

El perro, al igual que su compañera, se encontraba en el umbral de la muerte, pero se esforzó por permanecer con vida, para cuidar hasta los últimos instantes, a su compañera.

Para ello, acudía cada día a aquel lugar, donde conseguía contagiarse de esa paz, amor y energía, que conseguía en las miradas de los miembros de cada una de las familias, que allí veía. De esa fe alojada misteriosamente en quien aun sufriendo, ríe y comparte lo mejor de sí mismo.

Él, tan sólo buscaba un pequeño momento de paz, donde recobrar fuerzas, para seguir cuidando, de su compañera. Al final, también él obtuvo su recompensa y pudo cerrar por última vez sus ojos bajo la luz de la compañía que da paz y felicidad a todos los perros. Una pequeña, que supo ver más allá de un perro sucio y feo y que en sus últimos instantes, de manera instintiva pudo darle el estimulo por el cual consagra su existencia en el universo aquel mamífero digitígrado que notables comunicadores de nuestro mundo llaman el mejor amigo del hombre. Un ser que no escatima sentimientos, cuando debe expresar, la fuerza del amor verdadero.

Iván A.

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LA VIDA

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