LA FUERZA DEL AMOR VERDADERO

La fuerza del amor verdadero

Hay un pequeño pueblo costero, donde la vida allí, se pareciera a estar como viviendo, en el paraíso. Cada uno de sus rincones, irradia un estado de plena armonía, felicidad y amor.

Tiene un precioso lugar, donde cada día se reúnen familias, para disfrutar en completa tranquilidad, de unos entrañables momentos familiares. Que con sólo contemplarlo, te seduce por completo, de una paz y felicidad, que te hace de nuevo, renacer cada día.

Hasta allí, se acercaba diariamente un perro callejero, sucio y feo. Que permanecía intentando pasar, lo más desapercibido posible, en uno de los extremo de aquel lugar. Quedando en silencio, mientras iba contemplando las risas y juegos, de cada uno de las familias, que pasan allí las horas.

Aunque, intentaba apenas ser visto, por entender que su presencia, pudiese resultar bastante incómoda, ese pequeño rato que allí permanecía, resultaba ser para él, lo único que le mantiene aún, con vida.

La gente, no había pasado por alto su presencia. A medida que pasaban los días, muchos se preguntaban, como hacer para impedir que aquel perro, tan sucio y feo que cada día permanecía en silencio y sin molestar, en una esquina del lugar, dejase de ir.

El perro, de alguna manera, se percató de su incómoda presencia, que parecía empezar a causarle, a aquellos habitantes del lugar. Por lo que, desde ese momento, dejó de ir.

Pasado unos días, la gente, al no ver más al perro, les extrañó mucho al principio, pero al poco tiempo, ya apenas se acordaban. Excepto una pequeña, que al igual que hacía el perro, cada día acudía a aquel lugar. Aunque, ella lo pasaba observando y ensimismada, como el perro parecía disfrutar, de forma melancólica, con sólo observar la felicidad y amor, que allí se respiraba.

Preocupada, un día se armó de valor y decidió ir en busca del perro. Se había fijado, como cada día, el perro parecía hacía el mismo recorrido y que sin duda alguna, imaginaba, debía de llevarle a donde él seguramente vivía.

Sin pensárselo demasiado y sin tener tampoco en cuenta, que los padres la castigarían, por irse sin su permiso, comenzó a buscarlo. No hizo falta andar mucho, para encontrarlo cobijado, bajo lo que parecía ser, las ruinas de algún antiguo edificio de antaño.

La pequeña, se fue acercando muy lentamente, procurando no asustarlo y también, por miedo de que el perro, se marchara. Cuando, ya se encontraba bastante cerca, el perro se giró y se la quedó mirando. Con un gesto nostálgico y apenado, volvió a girar la cabeza, dando varios lametazos, a una perrita que se encontraba echa un ovillo, en un rincón.

Sin duda alguna, la perrita se encontraba bastante enferma. Apenas, parecía quedarle tan sólo unas pocos de horas de vida. El perro, permanecía junto a ella, dándole de vez en cuando, pequeños lametones de amor, cada vez que la perrita, se quejaba de dolor.

La pequeña, se sentó junto al perro en silencio y sin querer molestar demasiado. A las tres horas aproximadamente, la perrita exhaló su último aliento. En ese momento, el perro se tumbó junto a ella, emitiendo pequeños gemidos, que parecía estuviese llorando.

Tras un rato, éste se incorporó y mordiendo delicadamente el cuello de la perrita, como hacen las madres con sus cachorros, la arrastró poco a poco, hasta desaparecer tras una de las esquinas, de aquellas ruinas.

Tras un rato, apareció de nuevo y se fue acercando muy despacio, hasta donde aún permanecía la pequeña. Cuando, apenas restaban por llegar a ella, unos cinco metros, se paró y se tumbo mirándola. Poco a poco, también él, fue adquiriendo la misma postura, que había mantenido antes la perrita que estaba junto a él.

De repente, la pequeña sintió un fuerte deseo de acercarse a él y acariciarlo. Así, que se levantó y se sentó a su vera. En ese momento, el perro cerró los ojos y acomodó su cabeza, en las piernas de la pequeña. Ésta, comenzó a acariciarlo muy suavemente y con delicadeza. Hasta que poco a poco, fue sintiendo como la vida, se le escapaba.

El perro, al igual que su compañera, se encontraba enfermo, pero se esforzó por permanecer con vida, para cuidar hasta los últimos instantes, a su compañera. Para ello, acudía cada día a aquel lugar, donde conseguía contagiarse de esa paz y amor, que conseguía ver en cada una de las familias, que allí veía.

Él, tan sólo buscaba un pequeño momento de paz, donde recobrar fuerzas, para seguir cuidando, de su compañera. Al final, también él obtuvo su recompensa y pudo morir en paz y feliz, junto a una pequeña, que supo ver más allá de un perro sucio y feo y que en sus últimos instantes, lo colmó de un profundo amor.

Iván A.

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LA VIDA

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